Hasta el momento no he tenido la oportunidad de verme cara a cara con un aula repleta de alumnos cuyo aprendizaje dependa de mi capacidad para despertar, a un tiempo, el conocimiento y el interés. Quizá, por esta razón, cada vez que trato de imaginarme dicho escenario, termino cayendo en la construcción de escenarios penumbrosos y terroríficos, esbozos de las situaciones más espantosas y los fracasos más aterradores. No obstante, esto no ha impedido que entre las nubes de esos temores se vislumbren los rayos del verdadero deseo latente en mí, el deseo de crear una clase que constituya un espacio de formación académica y personal. Desde el primer momento en que me planteé la idea de dedicarme a la enseñanza, he mantenido en mente un mismo objetivo: despertar en los jóvenes que pasen por las mesas de mi aula el deseo genuino de saber, bajo la convicción de que los procesos de conocimiento más significativos comienzan cuando florece la curiosidad del alumno, cuando se alcanza la motivación intrínseca. Mi aspiración esencial es que los estudiantes quieran aprender antes incluso de comenzar a aprender, para que así el conocimiento pueda adquirir un arraigo. Por ello, no me gustaría caer en una enseñanza con muchos qué y pocos por qué, cuyos contenidos les parezcan a los alumnos material alienado de su realidad.
En mi clase ideal, el aula se alzaría como un pequeño mundo en germinación, un territorio donde cada alumno pudiera despertar y desplegar sus propias rutas de sentido y donde la palabra (siempre viva, siempre en tránsito) actuara como puente entre lo que somos y lo que podríamos ser. Imagino un espacio en el que la literatura no llegue como un visitante remoto, sino como una presencia palpitante que susurre preguntas, que conmueva y que abra grietas en las certezas juveniles. Un lugar donde mi voz no imponga un cauce, sino que invite a un diálogo de voces múltiples y silencios fértiles. Me gustaría que cada clase respirase como un organismo vivo y que el aprendizaje no sucediera como un acto mecánico, sino como un descubrimiento que se comparte y transforma. Porque solo así concibo un aula verdadera: un espacio en el que el conocimiento no se deposita, sino que florece, un espacio donde nadie salga igual que entró, ni siquiera yo misma como docente
Espero también poder construir un aula donde atreverse a pensar, preguntar o cuestionar no sea percibido como un riesgo. Un lugar en el que cada estudiante sienta que ninguna idea nace equivocada, porque todo pensamiento (aun el más torpe o el más incierto) constituye un peldaño hacia una comprensión más honda. Me gustaría desterrar la noción del “error” y sustituirla por la conciencia del “proceso” como camino: un recorrido en el que cada intento revela un matiz y cada tropiezo abre una pregunta que merece ser escuchada. Aspiro a que mis alumnos comprendan que pensar no es acertar, sino buscar; que razonar no es alcanzar la respuesta perfecta, sino reconocer la belleza de construirla; y que reflexionar no es dudar de uno mismo, sino avanzar con la mente despierta. En ese espacio, lo importante no sería la precisión inmediata, sino el deseo de explorar. Allí, cada palabra dicha y cada silencio pensado tendrían el mismo valor: el de evidenciar que el pensamiento sigue vivo.
Además, estoy convencida de que nada de lo que sucede en el espacio de clase se agota en el instante en que ocurre: cada chispa de comprensión, cada curiosidad que se despierta o cada idea que se formula termina tejiéndose en la memoria del alumno y acompañándolo mucho después, en sus decisiones, en su modo de habitar el mundo, en la mirada con que afronta lo desconocido. La educación opera así, de forma casi imperceptible, como una siembra delicada que germina lentamente y cuyo florecimiento impregna toda la realidad que nos rodea. Ese es, al fin y al cabo, el eco de lo pequeño: la certeza de que lo que se aporta en una clase verdaderamente viva puede prolongarse en la vida entera de quien la recibe y de quienes lo rodean, extendiendo hacia la sociedad un pensamiento más lúcido, una mayor sensibilidad y un modo más humano de estar en el mundo. Es, en esa resonancia, donde encuentro yo el sentido último y más profundo de mi vocación docente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario